Manifiesto

Ante la constatación de lo efímero de la vida y la incertidumbre que despierta la muerte, los seres humanos nos interrogamos, de forma recurrente, sobre las grandes cuestiones que afectan a nuestra existencia. Solemos dar a estas preguntas respuestas muy diversas, respuestas que a menudo se forjan en nuestro cerebro de forma emotiva, sin ningún tipo de fundamento racional. Son respuestas basadas en la tradición, en el aprendizaje, en la aceptación acrítica de la autoridad, en la adhesión intuitiva.

Sin embargo, buena parte de los seres humanos también consideramos que es posible responder de forma consistente, ponderada y racional a tales consideraciones. El ser humano es un animal que se caracteriza por sus capacidades afectivas, que vive y siente en el mundo, y ello es con frecuencia lo que le proporciona mayor satisfacción vital, pero es también un ser que destaca por su capacidad de razonar, de analizar de forma lógica la información que recibe de su entorno y de extraer conclusiones que le permiten acercarse al conocimiento intrínseco de la realidad, y no podemos desperdiciar ese potencial; si de verdad deseamos dar una respuesta plausible a las cuestiones fundamentales de la existencia.

La capacidad potencial de razonar, para ser realmente efectiva, debe ponerse en práctica con responsabilidad, con el mayor grado de rigor posible; pero por sí solo eso tampoco es suficiente, también debe poder ejercerse de forma autónoma, con total independencia y sin restricciones de ninguna índole; es decir, requiere de un entorno donde exista libertad para pensar. Sólo mediante el ejercicio de la conciencia libre, estaremos en condiciones de llegar a conocer la realidad última de la naturaleza y, en consecuencia, del propio ser humano. Estamos convencidos de que la naturaleza es asequible al conocimiento, tanto como para suponer que, con el transcurso de los siglos, podamos reducir progresivamente el ámbito de lo desconocido y llegar a hacer más llevadera la existencia del ser humano, satisfaciendo sus necesidades vitales y mejorando sus expectativas personales, con el fin de hacer más agradable su tránsito por la vida.

Aunque el conocimiento por sí solo no mejorará nuestras condiciones de vida, sí debemos reconocer que el progreso es heredero del conocimiento. Es cierto que los seres humanos, como especie, mostramos en demasiadas ocasiones un comportamiento poco coherente hacia nuestros semejantes y el equilibrio del medio que nos sustenta, incluso hasta llegar a poner en peligro nuestra propia supervivencia. A lo largo de la historia, los seres humanos hemos progresado tecnológicamente de forma notable, mientras que en el ámbito social nuestro avance ha sido mucho menos significativo, menos sensible. Con excesiva frecuencia, los intereses particulares se han impuesto sobre las necesidades colectivas y el egoísmo ha inducido a buscar el propio e inmediato beneficio en detrimento de las condiciones de vida de nuestros semejantes.

En este contexto, las personas capaces de pensar con libertad, sin dar las cosas por sabidas, de cuestionar las verdades generalmente aceptadas, de discrepar si es preciso del discurso dominante, de criticar públicamente las afirmaciones impuestas por la tradición, han constituido una vanguardia que ha permitido combatir la ignorancia y la superstición, y alcanzar muchos de los logros más remarcables del pensamiento humano.

Las mujeres y hombres que empezamos esta singladura, lo hacemos desde la convicción de que los supuestos dioses  y otros seres intangibles, sus intermediarios y los paraísos que nos prometen la mejora de este mundo, basan su discurso sobre una enorme ficción y sus promesas van dirigidas, mayormente, a conseguir la adhesión acrítica de sus adeptos, no a descubrir la realidad. Nada nos espera después de la muerte, porque con el fin de la vida dejamos sencillamente de existir como seres humanos y pasamos a ser materia desorganizada, sin aliento, sin vida. Solamente nuestras obras y nuestras eventuales contribuciones al conocimiento, en definitiva nuestro legado, permanecen.

Las personas que compartimos esta visión del mundo, estamos convencidas de que sólo uniendo nuestros esfuerzos, sobre la base de una razón libre de prejuicios y orientada al progreso de toda la humanidad, podremos avanzar en los caminos de la libertad, la igualdad de derechos, la fraternidad, la solidaridad y la paz. Para lograrlo, suscribimos estos estatutos, que pretenden convertirse en los cimientos para la construcción de una Asociación Madrileña libre, de ateos, agnósticos, librepensadores y racionalistas; deseosos de legar, a las generaciones venideras, un mundo mejor que el que en su día recibimos de nuestros predecesores.