¿Qué necesidad hay?

En principio, obviando la cantidad de necedad por centímetro cúbico que tenemos que soportar los humanos, ninguna. Para empezar porque lo creas o noni el ateo ni el agnóstico padecen la presión, ni el reto, de demostrarle al creyente que los dioses no existen; sencillamente porque no es su responsabilidad.

Agnosticismo: 

1. m. Doctrina filosófica que niega al entendimiento humano la capacidad de llegar a comprender lo absoluto y sobrenatural

Fantasma
Un fantasma sólo puede ser alguien con una sábana encima, o quien, sin necesidad de ropa de cama o paños menores, fanfarronea en exceso.

Sin embargo, si alguien te cuenta que acaba de ver un fantasma, o que le ha hablado un enano de jardín, te lo tendrá que demostrar para que lo creas, ¿no? Más que nada porque sería bueno que no te dejases convencer por el fervor de su testimonio; que puede estar trastornado por el exceso –o falta– de medicación; amén de otras sustancias de venta en callejones. Por tanto, semejante obligación recae siempre sobre el creyente; que es quien debe demostrarnos la existencia de aquello en lo que cree.

Por ejemplo, el creyente católico no puede argumentar la existencia de su dios si no es fabulando a partir de un imaginario: plagiado sus mitos provienen de otras religiones, como la egipcia, postizo por esa doble moral; muchos sólo creen de cara a la galería, mojigato por obsoleto, represor y machista, pernicioso por retrógrado, codicioso, embaucador y ridículo la Santa Biblia tiene más fantasía e incongruencias que El Señor de los Anillos y La Guerra de las Galaxias, juntos. ¿Pero qué pasa si alguien, que cree en algo sin demostrar, empieza a convencer a otros de que deben creer en lo mismo? ¿Qué ocurre si se establece una jerarquía, basada en esta doctrina ficticia, que considera sacrílego o infiel a todo el que no la siga?

De los tres males que exportamos los españoles a América, a saber: la sífilis, la gripe, y el catolicismo, la humanidad sólo ha encontrado cura para los dos primeros.

A la vista está que todavía padecemos el efecto de esta lacra, que pudre la sociedad, que supone cualquier religión. Por tanto, el ateo contemporáneo debe –y ahora puede– demostrar la inexistencia de cualquier divinidad, siempre de forma: histórica no histérica, científica, racional, lógica, astronómica nunca astrológica, psicológica, psiquiátrica, filosófica, política, social, médica, zoológica, e incluso, cuando sea necesario: química y matemática que también se puede.

Creer en ‘algo‘, simplemente porque tiene que haber ‘algo’, es ‘algo‘ tan ridículo como hablarle a un ‘alga‘, ó, en el mejor de los casos, a una nalga.